Que bellas las Palmeras del Portillo, fuertes esbeltas como ningunas, guiadas por el cielo, queriendo ser eternas, brotando con secretos deseos, por playas y laderas y crecen y suben, con esfuerzos de al firmamento llegar. Aunque azotes de vientos, maltraten sus troncos y enreden sus hojas de trenzas, Las Palmeras del Portillo, arrogantes se quedan. El abuelo las plantó y en sus querencias las cuidó, para que el nieto, saboree sus frutos y sus vivencias. Las Palmeras del Portillo, emblemas son de la tierra, del suelo nacen sus pies y su cabeza hasta el cielo llega, sufriendo maltratos del tiempo y como sus gentes, tienen genio, que las mantienen con fuerza, no dejándose tumbar, por las inclemencias. Se adentran en las playas y el mar, contra ellas revienta, pero ellas, ahí están, altaneras, como si con ellas no fuera. Las Palmeras del Portillo, son bandera contra plagas y desastres, del esfuerzo de sus gentes, en una tierra pregonera. Las Palmeras del Portillo, son centenarios dedos que apuntan al firmamento, para indicarle al hombre bueno, hacia adonde iremos. Con su belleza disimulan el dolor, que guardan por dentro, ofreciendo dulces frutos, hasta que mueran. Sus troncos, torneados como caderas de bronceadas venus, invitan abrazarles, contemplando la luna llena, hasta el amanecer y soñar con la vida eterna. Mientras el Portillo exista, no morirán sus Palmeras, emblema de un noble empeño, de un pueblo humilde y sincero. Desde Samaná, por Sánchez, por Las Terrenas playera, por El Limón costero, Las Palmeras del Portillo, siempre señeras, agarradas al suelo, suspendidas del cielo y junto a las estrellas, serán anfitrionas del que llega y bandera de unas gentes, cuyo tesón no se seca. Autor: Manuel González Padrón