Con celoso entusiasmo preparo el viaje al Portillo, un viaje que me supone un resurgir, una ilusión y una culminación de sueños encantados y muy esperados.

Para el conocedor del Portillo, volver ó repetir estancia, es una necesidad de su existir, es poder culminar la ambición de acudir al encuentro con la paz, la tranquilidad y la felicidad.

El Portillo es más que un lugar ó una estancia, es muchísimo más que un cambio de monotonía para el visitante que decide pasar unas vacaciones, es más que un ámbito en la tierra.

El Portillo es un concepto que escapa a quines no lo conocen, pero insustituible para los que como yo lo hemos visitado, sintiendo la necesidad de volver, porque en el Portillo concuerdan la belleza de la naturaleza y el espíritu noble y humano de sus gentes.

Incluso en el Portillo, se da el prodigio de conocer a foráneos, con características bien marcadas de sus nacionalidades, aceptándonos como si de nativos nos tratáramos.

Hace doce años que visite por primera vez al Portillo, durante mis estancias conocí todos sus lugares importantes, incluyendo pueblos colindantes, haciendo amistad con sus pobladores, incluso adolescentes. Asistí a fiestas patronales y participé en sus festejos y concursos, que me sirvieron para enriquecer mis sentimientos hacia la humanidad y entender que el respeto a nuestros semejantes, es un engrandecimiento de nuestros corazones.

Después de esta enriquecedora experiencia, no he dejado pasar año, sin repetir visitas al Portillo. Hoy dada mi edad, lo distante que está el Portillo del lugar de mi residencia y la dificultades del viaje, trasladarme al Portillo me supone verdaderos y sacrificados esfuerzos físicos, que últimamente me han quebrantado la salud, pero aquí sigo preparando y soñando con mi nuevo viaje al Portillo.

Allí, he visto la moderación sin tristeza, la concordia sin esclavitud, la abundancia sin profusión. Puedo decir que en el Portillo soy un ser venturoso.

Allí, he disfrutado del placer y del descanso del dolor, siendo esa la felicidad que yo encontré en la península de Samana.

Cuando llegue al Portillo, consideré que había logrado la riqueza más grande, quien no lo vea así, es un desdichado, aunque sea dueño del mundo.

Del mismo modo que no tenemos derecho a consumir riqueza sin producirla, tampoco tendremos derecho a disfrutar del Portillo sin merecerlo.

Yo aconsejo conocer al Portillo, aún antes de conseguir otra felicidad, no sea que muráis, sin haber conocido nunca al Portillo. En el Portillo contemplé por primera vez, la grandeza de la naturaleza, el bienestar de la paz y la magia de la felicidad. Sentí lo espiritual y lo humano de un pueblo y de nuevo volví a nacer en un mundo lleno de ilusiones, “al que tengo que viajar”.


Autor: Manuel González Padrón